[Volumen 01] Prólogo: The Shinrei Tantei Yakumo

Ése día, las gruesas capas de nubes que habían estado allí desde la mañana bloquearon el sol.

Sin embargo, la sala de partos fue envuelta en un calor arrollador.

«Vas a estar bien».

La enfermera, Iida Youko, le repetía esas palabras a la mujer embarazada como si fuera un hechizo.

Su frente estaba cubierta de sudor y sus venas estaban brotadas en su piel. Ella apretaba los dientes cuando retorcía su cuerpo.

Ella desesperadamente estaba soportando un increíble dolor.

Youko quería aliviar su dolor, aunque sólo fuera un poco. Mientras frotaba la espalda de la mujer embarazada, realizaron la técnica de respiración de Lamaze juntas.

«Haa, haa, haa».

Ya llevaba algún tiempo desde que ella había llegado a la sala de partos. Fue un parto considerablemente difícil.

Los ojos de la mujer embarazada ya estaban vacíos.

¿No era mejor en algunas situaciones cambiar a la analgesia obstétrica?

Youko miró al doctor, Kinoshita Eiichi.

«La cabeza está afuera. Sólo un poco más,» dijo Kinoshita, calmando los pensamientos de Youko.

«Ahora, un poco más– hazlo lo mejor que puedas».

Youko habló mientras le acariciaba los hombros a la mujer embarazada. Aunque su rostro estaba flaqueando por el dolor, ella asintió con la cabeza.

«No pujes. Relájate».

«Por favor, relájese».

Youko repitió las palabras de Kinoshita.

La mujer embarazada respiraba dolorosamente con lágrimas en sus ojos.

«¡Bien! ¡El bebé salió!».

Como Kinoshita había dicho, el llanto de un bebé saludable hizo eco a través de la sala de partos.

«¡¡Aaaah!!».

La respiración de la mujer embarazada aún sonaba dolorosa, pero ella dejó escapar un grito de alivio y alegría.

«Felicidades. A partir de hoy, eres Madre».

Youko le sonrió a la mujer y le limpió el sudor de su frente.

La mujer pudo no haber escuchado, puesto que ella no respondió y simplemente reguló su pesada respiración con una expresión relajada en el rostro.

Había sido un parto difícil, pero esto era un alivio. Justo cuando Youko pensó eso, Kinoshita habló: «Tráiganme una linterna».

Aunque el tono de Kinoshita definitivamente no era salvaje, había un matiz de impaciencia y nerviosismo.

Youko le entregó inmediatamente la linterna sobre la mesa de operación a Kinoshita.

«Haa–».

En el momento en que le vio la cara al bebé, Youko tragó inconscientemente su aliento.

Ella no podía creer lo que veía frente a ella.

«No reacciones. La Madre está aquí», murmuró Kinoshita.

Con esas palabras, Youko recuperó la calma.

Sin embargo, ese momento de pánico alcanzó a la madre.

«Mi bebé», ella jadeó.

Su expresión estaba llena de ansiedad.

«Por favor espere un poco más».

«¿Cómo está mi bebé?».

Youko se acercó a la madre y le habló mientras acariciaba su cuerpo.

Sin embargo, ella no podía detener su ansiedad.

«¿Dónde? ¿Dónde está mi bebé?».

La madre se agarró con sus uñas a los brazos a Youko.

«Está bien. Todo está bien».

Youko intentó calmar a la madre mientras contenía su dolor, pero no hubo efecto.

Youko podía sentir como crecía la ansiedad de la madre a través de su piel.

«Mi bebé. ¿Mi bebé está a salvo?».

La madre parecía un demonio.

Youko terminó mirando a otro lado sin pensar debido a la presión. Ella no debió haber hecho eso.

«¡Mi bebé!», gritó la madre, empujando a Youko.

«Él está bien. Es un bebé sano».

El que contestó era Kinoshita.

Kinoshita se quitó su máscara y caminó lentamente hacia la madre con el bebé en sus brazos.

El frenesí de la madre desapareció y su expresión cambió a una suave sonrisa para su hijo, quien había visto por primera vez.

Youko de inmediato caminó hacia Kinoshita y le susurró al oído.

«¿Está realmente bien?».

«No se le puede ocultar para siempre».

La expresión de Kinoshita se puso rígida.

Justo como él dijo. No se le podía ocultar para siempre. Ella eventualmente lo descubriría. Sólo era una cuestión de cuándo.

«Sigue adelante».

Kinoshita trajo al bebé al pecho de la madre.

«Ah, mi bebé».

La madre tomó a su bebé y lo abrazó con fuerza, parecía dichosa ya que las lágrimas rodaron por sus mejillas.

Entonces–

Con una sonrisa, miró detenidamente la cara de su hijo.

La expresión de la madre se congeló en un instante.

«¡¡Noooo!!».

Ese amargo grito hizo eco a través de la sala de partos.

Youko mordió un poco su labio y juntó sus manos frente a su pecho, luchando contra el pesimismo mientras pensaba sobre el futuro del bebé recién nacido.

El bebé había nacido con su ojo izquierdo abierto.

Ese ojo brillaba con un rojo como el de una llama ardiendo–

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